

En un Perú de primera la confianza sería la regla y la desconfianza la excepción: Nadie tendría que mirar atrás cuando entra o sale de un cajero automático, las fechas y las horas acordadas entre personas, sea para un contrato, una reunión o para establecer un plazo, serían inamovibles. Los pequeños empresarios y los mayoristas podrían establecer crédito entre ellos a un mayor plazo y sin tener que cargar márgenes excesivos para cubrirse en caso de incumplimiento. Nadie le tendría miedo a la arbitrariedad de las cortes, pero sí a su severidad en caso que hubiera clara violación de las leyes peruanas. El gobierno podría decir blanco o negro, cuatro o cinco, siempre o nunca, y la gente lo creería y le daría el beneficio de la duda si por razones ajenas a su voluntad las cosas no son como fueran anunciadas. Y la confianza mutua traería un clima de dinamismo donde el largo plazo sea la mira común.
